¿Lugar?

Miro por la ventana del vehículo que me transporta y el paisaje detiene de súbito mis pensamientos, mi primera impresión es que sufro de alguna catarata ocular o algo por el estilo, pero lentamente voy percatandome de que el color del pueblo se viste de una seda inerte, más bien es incoloro. El cielo se torna tan gris como la roca, inamovible, impenetrable, lejano, no hay nubes, no hay espacio para la imaginación; el mar a suvez baila una danza triste, como el réquiem del anciano vagabundo que se acerca al muelle y mira con tristeza el velo de luto de aquel desolado oleaje.

Ahora camino hacia la orilla del mar, algunos botes de pesca se estacionan cerca de la orilla, inundados de aves de rapiña disfrazadas de amigables animales costeros; el anciano llora desconsoladamente, pide ayuda para sobrevivir, en realidad no llora ser rie, se está riendo de mi perplejidad ante la indiscutible sobriedad del paraje, confundir la risa del llanto resulta sencillo cuando no se distingue el júbilo de la melancolia, especialmente en este submundo gris. El hedor desagradable del pescado y de los mariscos atormenta mi nariz, que sospecha algo más que inmundicia mundana, la energía del lugar esta viciada, me largo con rapidez de ahí.

Trazo una línea recta sin pensar en el destino, tan solo camino, como si este ejercicio lograra curarme del escepticismo que me agobia de momento frente a el lugar que piso; pasan las calles, algunas casas destartaladas, pequeñas empresas con tintes de macabros trabajos, luego todo se torna desolado, llegué al final del camino, frente a mi se encuentran solo rocas y el infinito mar, siento el deseo de arrojarme al vacío tangible que ofrece el risco que dibujan mis ojos, pero hay otra fuerza que me pide que regresa y de inmediato, aun me falta algo por ver, algo que pasé de largo en mi caminata ciega.

Obedecí a la voz muda de la conciencia y emprendo el retorno al centro de donde llegué, y tal como lo vaticinaba mi ansia de poder disgustarme con las cosas me encontre de frente a una profunda decepción humana, me fijé entonces en los entes diambulantes de aquellas calles, seres con rostro pero sin reflejos, hasta un muerto podría entregarme un sentimiento más cálido que aquellas pupilas de tiburón desalmadas por el tránsito inoperante de sus mentes, eran cuerpos sin cabeza, uno atrás de otro, en el desfile más pobre y aburrido que he podido presenciar.

La decadencia del lugar me satura y siento el profundo deseo de escapar de aquel espacio muerto con la mayor prisa posible, procuraré de seguro no posarme dentro de las dependencias de lo inmutable, prefiero ligeramente los sabores de la incertidumbre, de la sorpresa. Adiós ciudad de la nada, bienvenida a mi mundo.

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